REPORTAJES
02 de febrero del 2026
REPORTAJES
02 de febrero del 2026
Vas caminando con tu mamá cuando el sonido de unos disparos hace que ella se tire encima tuyo para protegerte. Salís a la pulpería y te encontrás con un "chorro de sangre". Escuchás que mataron a alguien "de 120 balazos" y que, por eso, ya no podés salir a jugar al parque… O estás durmiendo, cuando el estruendo de una bala te interrumpe el sueño.
Escenas que podrían parecer sacadas de una película son, en realidad, parte de la vida cotidiana de niñas y niños que crecen en comunidades de alta conflictividad social de la Gran Área Metropolitana de Costa Rica. Son niñas y niños que asisten a FundaVida, una organización que trabaja en estas comunidades donde hay población vulnerable y de alto riesgo social. A través de sus programas, FundaVida brinda educación, acompañamiento, acceso a tecnología y trabajo comunitario. Con el apoyo de esta organización, Interferencia pudo acercarse a ellas y ellos para escuchar sus vivencias.
Conversamos en total con 18 niñas y niños entre 8 y 12 años, quienes viven en Linda Vista, en Río Azul; 25 de Julio, en Hatillo; y Concepción, en Alajuelita (todos barrios en Gran Área Metropolitana), para conocer, de sus propias voces, cómo la violencia está cambiando la infancia de quienes residen en estos barrios y lo que significa crecer aprendiendo, desde muy temprano, a convivir con el miedo.
Sus barrios son parte de los territorios más golpeados por los homicidios en el país durante la última década. A nivel cantonal, San José, donde se ubica Hatillo, encabeza la lista nacional. Alajuelita, donde está el distrito de Concepción, ocupa el octavo lugar, mientras que La Unión, cantón al que pertenece Río Azul, se ubica en el puesto 11 de los 84 cantones del país.
Y si se mira entre los 494 distritos del país, Hatillo ocupa el cuarto lugar por cantidad de homicidios, mientras que Río Azul y Concepción se ubican en los puestos 38 y 51, respectivamente. Los datos corresponden al período 2016-2026 y fueron consultados en el sistema del Poder Judicial.
Son además lugares donde el desempleo es alto y hay baja escolaridad, donde muchas personas no lograron ni siquiera terminar el colegio, condiciones que las propias madres de la zona atribuyen, en buena parte, al abandono del Estado. Señalan una policía que tarda en responder o no cumple con su trabajo, escuelas sin programas de prevención ni apoyo psicológico, y sospechas de corrupción o complicidad con los propios delincuentes.
Pero mientras las noticias y estadísticas policiales nos dicen que, en los últimos años, el país experimentó un significativo crecimiento de la violencia, para ellas y ellos, representa más que números.
¿Cómo impacta el aumento de la violencia y la inseguridad que experimenta Costa Rica en estas comunidades, pero, sobre todo, en quienes están creciendo en ellas? ¿Qué ocurre cuando la criminalidad en tu entorno también quiere robarte otro tipo de sueños, cuando jugar en el parque, caminar tranquilamente por el barrio o ir a la escuela sin miedo deja de ser algo cotidiano y se convierte en un anhelo?
Estas historias no surgieron de una entrevista tradicional de preguntas y respuestas. Para tener este acercamiento, el equipo periodístico se preparó con la ayuda de profesionales en Psicología y Educación de FundaVida. Mediante dinámicas y juego, se pidió a las niñas y niños hacer mapas de sus barrios y narrar, por ejemplo, cuáles eran sus sitios favoritos, cuáles prefieren evitar, dónde se sentían seguros y dónde no, así como explicar qué le falta a esos lugares.
Las preguntas generadoras permitieron explorar más a profundidad las preocupaciones y anhelos de quienes son protagonistas de este reportaje.
Jota tardó varios minutos en dejar de lado su timidez y mostrarnos al niño expresivo que es. Tiene ocho años y ha vivido toda su vida en Linda Vista, un barrio del distrito de Río Azul, en La Unión de Cartago.
La casa donde vive hoy Jota no es la misma en la que vivía cuando ocurrió lo que contó. De allí tuvieron que irse, según relata, por la inseguridad que les rodeaba. De la actual dice que, ahora sí, se siente más seguro.
Historias como la suya se repiten entre niñas y niños de 25 de Julio, en Hatillo; de Concepción de Alajuelita; y de la propia Linda Vista.
Al principio los niños y niñas hablaron poco, con monosílabos y cautela. Conforme avanzó la conversación, la confianza fue creciendo y comenzaron a compartir sus historias, sus experiencias y aquello que forma parte de su día a día.
Los diez años de registros judiciales confirman que la sensación de inseguridad que sienten muchas de ellas y ellos no es una percepción exagerada.
La violencia, sin embargo, no golpea a los tres distritos en los que están sus barrios de la misma manera ni al mismo ritmo. Según datos del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), en Río Azul, los homicidios se mantuvieron relativamente constantes durante toda la década, entre uno y seis casos por año. En cambio, Hatillo y Concepción de Alajuelita vivieron una escalada mucho más reciente y pronunciada. Ambos distritos pasaron de apenas uno a tres homicidios anuales durante buena parte de la década, a cifras de hasta 32 y 12 casos, respectivamente, concentrados entre los años 2023 y 2024.
Y son solo ejemplos de lo que se vive en el país. Costa Rica atraviesa uno de los periodos más violentos de su historia. El 2023 marcó el punto más alto, con 907 homicidios y una tasa histórica de 17,2 por cada 100.000 habitantes. Ese aumento de la violencia está estrechamente relacionado con el auge del crimen organizado y del mercado de drogas en el país.
Y en medio de todo ello, los niños y niñas también se enteran, les golpea y les marca su infancia, según se desprende de sus relatos:
«Yo un día cuando iba con mi papá a comprar algo, vimos un montón de sangre y un chorro».
«Una vez que venía de donde mi tía, en el momento que entro en mi casa sonó una balacera y mataron a un muchacho, lo mataron aquí mismo, al otro lado de la calle».
Pero la violencia no solo está presente cuando ocurre un homicidio. También está en los sonidos que interrumpen una tarde en el parque, en los relatos que circulan entre vecinos y en el miedo a hablar.
Las niñas y niños recuerdan varios episodios de violencia armada que han presenciado en su comunidad y explican por qué, para algunas personas, incluso contar lo que vieron puede convertirse en un riesgo.
— Aquí en el parque, en diciembre, agarró un muchacho una pistola y comenzó a tirar bala para el aire. — Sí, yo me acuerdo. — De la nada. — Empezó así. No, aquí cuando mataron a este, yo venía con mi abuela entrando a mi casa porque veníamos de la pulpería y empieza a sonar: «¡pa, pa, pa, pa!». Y venía un muchacho en una camioneta y se bajó, le empezó a disparar a un muchacho. — ¿Y qué piensan ustedes cuando ven un arma? — Diay, miedo. — Miedo. — Da miedo porque uno siente que le van a... a disparar. — Ellos... ellos... es como una regla: si alguien ve, si alguien ve y va a llamar, se muere. — O sea, si alguien ve y se... comienzan a hablar y comienza el chisme y... — Sí, empiezan a decir: «Mejor llamo, mejor esto». Ya saben dónde viven y ya los agarraron ahí.
«A cada rato suena pa, pa, pa. Y sigo en lo que estoy haciendo y ya. O si ya es mucho, si ya van más de 5 segundos, ya me tiro al suelo. Porque siguen y siguen... Al que mataron aquí, seguían y seguían y seguían».
«A ese parque que está allá, mi mamá casi no me lleva, porque le da mucho miedo. Porque hubieron cosas ahí. Un día íbamos a la escuela, y escuchamos balacera. Entonces mi mamá se tiró encima mío. Y un día abrimos la puerta y vinieron como cinco desconocidos a la casa, y eran los que estaban haciendo balacera allá arriba».
«Yo salgo corriendo, y hago como mi tía me dice: me meto debajo de la cama o debajo de la cuna, en cualquier lado, me escondo para que no me vean. Y le ponemos llave a la puerta, al candado y todo, para que nadie entre».
«Por mi casa hay un puente donde esconden droga, entonces sí es un poco peligroso: que vayan persiguiendo a alguien y se vaya una bala perdida dentro de la casa».
A su corta edad, construyen sus propias explicaciones sobre qué es una pandilla, cómo funciona y por qué algunos otros niños terminan vinculados con ellas. En estas conversaciones, las y los niños contaron a Interferencia, desde lo que han visto y escuchado en su escuela y su comunidad, qué entienden por una pandilla y cómo identifican a quienes forman parte de ellas.
—¿Qué es una pandilla?
—Es un grupo de personas que hacen cosas malas. Como un chiquito de mi escuela: un día estaba en una pandilla, pero lo expulsaron porque llevaba droga. Y tan chiquitito, ya estaba con la pandilla.
—Tiene 13, 14 años. Mi abuela conocía a los papás. La mamá era drogadicta. Entonces no hay nadie que lo cuide.
—¿Y cómo saben ustedes cuándo alguien pertenece a una pandilla?
—Porque llevan drogas, llevan cosas. Se lo dicen a otras personas para que se metan también. Hay personas que le dicen a otra: "Téngame esto". Y lo agarra. Cuando viene la policía, lo arrestan a él porque es el que tiene la droga, y no sabe qué es».
—Allá hay muchas pandillas que se están metiendo aquí y están matando menores, y eso es lo que no les gusta.
—¿Qué es una pandilla?
—Es un conjunto de personas que matan, grupos criminales.
—¿Y ustedes cómo saben qué está pasando?
—Cuando hay zapatos guindados en los cables, es porque hay una pandilla. Ya los hemos visto ahí en la plaza, comprando armas. Y uno vende marihuana.
—Además de eso, están reclutando a muchos niños para transportar cosas en el bolso. Y eso hace que los maten».
«Si le preguntan si se quiere unir, no se puede decir que no; lo pueden pegar, hasta dispararle. Lo mejor es decir que uno lo va a pensar, y luego irse».
La violencia que rodea a estas comunidades también tiene una dimensión de género. Una de las niñas habló del riesgo de sentirse observadas, perseguidas o expuestas por hombres adultos. Otra contó a Interferencia situaciones que ha conocido en su entorno y el miedo que generan entre las estudiantes.
«Hay personas que, más a las chicas, las intentan capturar en fotos. Es peligroso, más cuando usan enaguas o el short de Educación Física. Es peligroso que hombres malintencionados las agarren y hagan cosas malas con ellas. Un profesor nos contó que, hace tiempo, unas compañeras andaban con shorts pegados y, cuando salieron, unos hombres las quedaron viendo, las persiguieron y llegaron corriendo a la escuela, llorando».
La policía también aparece en los relatos de las niñas y los niños, aunque no siempre como una figura de protección. En sus narraciones hay críticas por la tardanza con que llegan ante una balacera, dudas sobre su capacidad para intervenir y temor frente a los operativos y allanamientos. Algunos cuentan que han visto a agentes entrar a viviendas, detener o revisar a personas y, en ocasiones, enfrentarse con pandillas. Esa relación está marcada por una contradicción: esperan que la policía proteja sus comunidades, pero al mismo tiempo algunos sienten miedo o desconfianza cuando los policías están cerca. También hay recuerdos distintos, como el de un niño que asocia a los policías con una experiencia cotidiana y amable en el parque.
Las madres de Concepción de Alajuelita, 25 de Julio y Linda Vista confirman, desde su propia experiencia, lo que cuentan sus hijas e hijos. Relatan que las balaceras son recurrentes y pueden ocurrir a cualquier hora. Además, tienen muy presente los homicidios que ocurren en plena vía pública y tiroteos cerca de centros comunitarios como FundaVida. También explican que las bandas operan bajo la lógica de "barrio cuida barrio" y suelen respetar a los vecinos, pero eso no evita que las familias queden expuestas a los fuegos cruzados entre grupos rivales.
Ese miedo transformó la manera en que estas madres crían a sus hijos e hijas. Evitan que jueguen en plazas, parques o aceras. Han visto en ellos niveles altos de estrés, ansiedad y miedo. Y ante una balacera, ya tienen protocolos propios: tirarse al suelo, esconderse bajo la cama, refugiarse en el cuarto con paredes de concreto y subir el volumen de la televisión para amortiguar el sonido de los disparos.
A esa realidad se suma una desconfianza profunda en las instituciones. Las madres señalan que la policía tarda en responder o directamente ignora los llamados por altercados comunes, y que solo actúa con rapidez cuando ya ocurrió un homicidio. Denuncian también abusos de autoridad, puntos de venta de droga que operan a la vista de todos sin que nadie intervenga, y sospechas de corrupción con los propios delincuentes.
«Las drogas, la venta de drogas, la delincuencia. A ellos no les importa hacer una balacera a cualquier hora, ni con niños, ni que vaya pasando gente. Hacen sus ventas de drogas ahí frente a la escuela, frente a todos.
Donde vivimos, hace como un año más o menos mataron a dos muchachos ahí en la pura esquina de mi casa. Como dos años atrás igual mataron a uno en unos apartamentos. Esas dos veces hemos salido para la escuela y no hemos podido pasar porque no nos dejan pasar, la policía cierra todo.
Hace poco veníamos para FundaVida y se hizo la balacera acá afuera, no pudimos pasar. Hemos tenido que ver varias cosas que no se explicaba uno, la verdad».
«Los chicos están vendiendo droga, y si uno va pasando y viene alguien de otra banda, a ellos no les importa: nada más llegan y tiran balas donde quiera y con quien esté. Ellos siempre dicen "barrio cuida al barrio" — no le hacen daño a los del barrio, más bien cuidan. Pero la parte peligrosa es que vengan otras bandas a volar balas y uno vaya pasando.
Les he dicho: si ustedes escuchan bala, se tiran al suelo, se meten debajo de la cama o en el cuarto de atrás que es todo de cemento. Cuando ha pasado, lo que hago es meterlos en el cuarto, prenderles el televisor y subirle el volumen. Mi hija de 13 años se pone supernerviosa, el bebito se pone a llorar. Son cosas que los traumatizan».
«Linda Vista fue cambiando, demasiado. Llegamos al punto de que hoy en día no los podemos dejar andar solos. Usted no sabe en qué momento se arma una balacera, en cualquier hora del día. Ya no se puede andar en la calle; las pulperías cierran a las 7.
Ese es el punto de estrés a nivel de muchos chicos, de ansiedad, de todo — porque no pueden salir ni a jugar bola ni a jugar bici. Usted ve chicos en la calle y dice "andan jugando", pero no sabe si en cualquier momento pasa una situación y ellos pueden ser afectados. Mientras uno tenga la responsabilidad y sea consciente de dónde está, uno evita sacarlos o tenerlos en la calle el menor tiempo posible, para evitar situaciones».
Los diez años de registros judiciales muestran que la violencia no golpeó a los tres distritos con el mismo ritmo. En Río Azul, los homicidios se mantuvieron relativamente constantes durante toda la década, entre 1 y 6 casos por año, sin picos abruptos, con un acumulado de 39 casos. Hatillo y Concepción de Alajuelita, en cambio, vivieron una escalada mucho más reciente y pronunciada. Ambos distritos pasaron de apenas 1 a 3 homicidios anuales durante buena parte de la década, a picos de hasta 32 y 12 casos respectivamente, concentrados en 2025. En total, Hatillo acumuló 115 homicidios en el período y Concepción, 33.
El año 2023, el más violento en la historia reciente de Costa Rica, según el Organismo de Investigación Judicial, permite una comparación entre los tres distritos y el país.
Ese año, Río Azul registró una tasa de 51.6 homicidios por cada 100,000 habitantes, casi el triple del promedio nacional de ese año (17.2). Hatillo y Concepción de Alajuelita, en cambio, se mantuvieron prácticamente a la par del resto del país, con tasas de 16.6 y 17.4 respectivamente.
| Distrito | Homicidios 2023 | Población | Tasa 2023 |
|---|---|---|---|
| Río Azul | 6 | 11,617 | 51.6 |
| Concepción | 3 | 17,269 | 17.4 |
| Hatillo | 10 | 60,363 | 16.6 |
Al revisar otros datos, Hatillo, Concepción y Río Azul no comparten un mismo perfil de vulnerabilidad. Cada uno destaca por una razón distinta, y se entienden cuando se miran los tres juntos y contra el resto del país, según las Estimaciones de Población y Vivienda 2022 del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC).
Hatillo es el más grande de los tres con 60.363 habitantes, y también el más apretado: con 13.813 personas por kilómetro cuadrado, es el segundo distrito más densamente poblado de los 490 que tiene Costa Rica, solo detrás de León XIII, en Tibás. Esa concentración también se refleja en la niñez: los 10.785 niños y niñas que viven ahí son, en números absolutos, más que los de Concepción y Río Azul juntos.
Con apenas 17.269 habitantes, Concepción de Alajuelita tiene la octava tasa de desempleo más alta de los 487 distritos del país: 16,9%, casi el doble que Hatillo (9,3%) y por encima de Río Azul (11,3%). Además, es el distrito donde una mayor proporción de personas busca trabajo, pero también donde enfrentan más dificultades para encontrarlo.
En Río Azul, el retrato pasa por la educación. La escolaridad promedio de las personas adultas es de apenas ocho años, lo que en la práctica significa que buena parte de sus habitantes no llegó a terminar el colegio, que en Costa Rica toma entre 11 y 12 años completar. Es, además, el distrito con mayor proporción de niñez de los tres. Por cada 100 personas en edad de trabajar, hay 34 niños y niñas que dependen de ellas, muchos más que en Hatillo, donde esa relación es de 26 por cada 100.
No todo, en las voces de estos barrios, es alarma. Niñas, niños y madres también tienen ideas concretas sobre lo que haría falta, y una defensa clara de sus comunidades frente al estigma que cargan.
Los niños señalan que la policía suele tardar en llegar o no cumple del todo con su trabajo. Piden más cercanía y mejor organización.
«Para que los policías no duraran mucho en venir y nada más salgan de ahí y vengan ya».
«Que lleguen puntual, rápido, para que las personas que hicieron la balacera no huyan. Que organicen las patrullas y digan: vamos a hacer esto, atraparlos».
«El gobierno se tiene que poner las pilas de poner más seguridad en esas partes, en el área de la plaza».
La necesidad de tener a la policía más presente también les hace pensar en tener cárceles más cerca, para que encierren rápido a quien comete un delito. Sin cárceles, no habría manera de mantener seguras sus comunidades, dicen algunos. Pero su misma idea de más cárceles les despierta otros miedos: delincuentes que se escapen, o que la presencia constante de policía y las disputas entre bandas atraigan más balaceras a la zona.
«La cárcel es importante porque ahí encierran a los que son malos. Si no hubiera cárceles, hubieran matado a mucha gente. Ahí es donde estamos seguros».
«A veces los agarran, pero a los momentitos los sueltan... si hubiera una cárcel más cerca, no pasaría eso».
«Lo de la súper cárcel sí siento que es algo bueno, porque ya de ahí no pueden volver a ver a nadie, y tal vez pueden cambiar».
Como solución de raíz, los niños y niñas hablan de algo más cercano: la educación, los valores, y que sus propios padres les presten más atención.
«Lo que necesita es una buena educación y también más atención, la verdad».
«Hay papás que solo se dedican a su trabajo, pero no valoran el tiempo que tienen que estar con sus hijos... por eso es que ellos se meten a eso».
Frente al estigma que cargan sus comunidades, esto es lo que ellas quieren que se sepa.