Las elecciones en el extranjero congregan a más de 60 mil costarricenses. Muchas personas se desplazan grandes distancias para ejercer su voto.
Según el Tribunal Supremo de Elecciones, para las elecciones de este año hay un total de 67.270 votantes inscritos en el padrón electoral en el extranjero, lo que representa aproximadamente el 1,8 % del total de 3.731.788 personas empadronadas a nivel nacional.
Aunque esta cifra puede parecer poco representativa, en un contexto en el que el abstencionismo ha sido el principal ganador de las últimas elecciones, cada porcentaje de participación resulta relevante para el proceso democrático.
Sin embargo, ejercer el voto fuera del país no es una tarea sencilla. A diferencia de quienes votan dentro del territorio nacional, muchas personas migrantes deben recorrer largas distancias y desplazarse durante varias horas para llegar a su junta receptora de votos y poder ejercer su derecho.
El voto costarricense alrededor del mundo
Con la apertura de las juntas receptoras de votos en las distintas fases horarias, el proceso electoral se vive en múltiples puntos del planeta, desde Oceanía, Asia, Europa, y América.
Las votaciones en el extranjero iniciaron en Australia, donde el costarricense Andrés Cordero Montero se convirtió en el primer costarricense en emitir su voto.
Video de Andrés Cordero Montero votando desde Australia. Brindado por el Tribunal Supremo de Elecciones.
Desde ese mismo país, Darío Osaña Ugalde realizó un recorrido cercano a 1.000 kilómetros, desde Perth hasta su centro de votación, para poder participar en las elecciones.
Video de Darío Osaña Ugalde votando desde Australia. Brindado por el Tribunal Supremo de Elecciones.
En Filipinas, las votaciones también avanzaron durante las primeras horas de la jornada. Y mientras tanto, en China, Bernardo Emanuel Artola Zúñiga se convirtió en el primer costarricense en votar en Beijing. Desde India, Javier Cordero Sanabria también ya ejerció su derecho al sufragio.

En Corea del Sur, costarricenses acudieron al Consulado General en Seúl a pesar de las bajas temperaturas. Entre ellos, María Yetzabel Aguilera Garita y Leonel Emilio Sanabria Luna, quienes se trasladaron 350 kilómetros desde la ciudad de Busan para poder votar.

El sentimiento de ser tico fuera del país
A pesar de los largos trayectos, las horas de viaje y las dificultades logísticas, muchas personas costarricenses residentes en el extranjero deciden votar movidas por un fuerte sentido de identidad y compromiso con el país.
Para Milena Solís Chavarría, costarricense residente en Bélgica desde hace dieciséis años, ejercer su derecho al voto implica un traslado de aproximadamente una hora y media y recorrer cerca de 70 kilómetros, utilizando transporte público, hasta la embajada de Costa Rica en Bruselas, donde se ubica su centro de votación.
Para ella, el acto de votar trasciende lo personal y se conecta directamente con la identidad, el amor y la nostalgia con los que recuerda su vida en Costa Rica:
“Ir a votar a mí me da identidad, me dice quién soy.
Desde niña veía con ilusión las votaciones porque en mi casa siempre se inculcó el deber cívico de votar.
Eso no ha cambiado cuando migré a Bélgica”. Milena Solís Chavarría, residente costarricense en Bélgica.
Ese vínculo también se expresa a través del apego a lo cotidiano. Migrar no debilita el amor por Costa Rica, sino que, para muchas personas, lo intensifica. La distancia resignifica aquello que antes parecía rutinario: la familia, los atardeceres, las conversaciones cercanas y los rituales compartidos.
“Yo siempre he amado mi país, pero lo amás más cuando migrás.
Lo que te parecía agobiante, como una presa por las mañanas, después lo extrañás.
Extrañás la conversación cercana de tus amigos, de tus familiares, un domingo de partido, un clásico”. Milena Solís Chavarría, residente costarricense en Bélgica.
Además, el acto de votar adquiere distintos significados cuando se compara con otras realidades electorales. En Bélgica, por ejemplo, el voto es obligatorio y digital, mientras que en Costa Rica el sufragio es voluntario, manual y estrictamente fiscalizado, y se vive como una expresión simbólica y una celebración democrática.
Milena afirma que, a pesar de la distancia, la añoranza por Costa Rica permanece, y es precisamente ese sentimiento el que motiva a muchas personas migrantes a recorrer largas distancias para ejercer su derecho al voto.
Sin duda, lo que se vive este primero de febrero no es únicamente una jornada electoral. Es una fiesta democrática que reafirma el derecho a elegir, a disentir y a participar, incluso a miles de kilómetros de distancia.
En un mundo donde no todas las personas pueden decidir libremente sobre su futuro político, el voto costarricense representa un privilegio y una responsabilidad. Una oportunidad para celebrar el ser tico, fortalecer la democracia y recordar que, aún lejos del territorio, el vínculo con el país se mantiene vivo cada vez que se marca una papeleta.



